Sé que para nacer yo, dos se amaron o se reunieron alguna vez. O al menos se encontraron. Dónde, cómo fue ese encuentro, cuáles fueron los días que se sucedieron hasta llegar al de mi origen, lo ignoro hasta de los que más cercanos, mis padres. Mas allá no se nada. Pero hubo, debió haber, siempre dos. Encuentros duraderos, o fugaces, consentidos o no, mas allá, ¿cuántos otros?. Porque el misterio es múltiple y complejo; no sólo quienes, sino cuantos. ¿En que momento sus rasgos comienzan a desdibujarse a convertirse lentamente en otra cosa y hasta en otra cosa bien distinta a este rostro humano que han heredado mis hijos, y que tal vez, también lenta, inexorablemente, a través de los tiempos se convierta en algo diferente? . ¿En qué?.
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