Cuando Sherezade abrió la puerta, el borde manchado de su vestido y la llave que entregó silenciosamente le advirtieron que se había equivocado de cuento.
Y en el umbral, ideó el previsible ardid; cada historia debía hacer posible que el fuera olvidando, una a una, a todas las mujeres sin imaginación que quedaban en el cuarto.
Ella jamás las olvidaría.
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