“Cóndor, tan acendradamente vuelas”, decía Arguedas.
Una vez, cerca del cerro Tronador, sentada en una roca sobre el precipicio, vi un cóndor hembra, enseñando a sus pichones a volar.
Eran cuatro, tres hembras marrones y un macho, con la garganta muy blanca y el cuerpo oscuro. Ya tenían las alas bastante crecidas. La madre volaba en círculos sobre ellos.
Una y otra vez, pasaba sobre sus pichones. El sol, su cuerpo casi inmóvil, el viento, sus alas desplegadas, todo era una invitación al vuelo. De pronto y todos a la vez, despegaban. Dejaban el borde afilado de la roca y con torpeza todavía, inseguros seguían a su madre. Volaban un rato. Volvían a la montaña, descansaban... y empezaban de nuevo.
Creo que se trataba de cómo ser cóndor. Me alegra recordarlo, Me alegra haber estado allí.
“Cóndor, tan acendradamente vuelas”, decía Arguedas.
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