Entre los dos un muro abrupto, hediondo, inexpugnable apaga sus gritos y sus golpes inútiles...
Ella apoya sus labios sobre la piedra oscura; bebe, lamiendo la humedad y la escoria antiguas que rezuman todos los jugos de los que es capaz un ser humano; sangre, sudor, lágrimas, orina, vómitos...
Aprieta contra la piedra su susurro incesante, su terror helado e inmóvil, al asecho de un mínimo rumor, un roce, una señal prodigiosa que llegue desde el que del otro lado, bebe su propia sangre, raspando sus nudillos contra la roca, desgarrándolos con sus dientes.
Yace exánime, sostenida por una vibración imprecisa que el muro difunde y sustrae mientras él recorre con sus manos débiles cada hendidura de aristas inermes que miles de manos han desgastado ya en la piedra que los separa, que les impide verse aunque estén frente a frente de pie o arrastrándose en el fango innoble que sostiene la pared.
El muro es la frontera que limita toda palabra, toda mirada de ojos desvariados que intentan el encuentro imposible e inútil. Ojos purulentos, ensimismados en la propia locura y padecimiento infinitos, cegados por la mugre y la desesperación.
El muro los ultraja, custodiando su momentánea separación, que ellos creen definitiva mientras persisten en la espera del encuentro, de la palabra. Porque sus bocas, que han renunciado al grito y al horror del silencio, no abandonan la esperanza en las palabras, confían todavía en ellas, se resisten a olvidarlas. Ella aún anuncia insistiendo en un último alarido desgarrado un nombre para su hijo; él custodia y vigila la inútil duración del nombre de traidores y verdugos.
Temen al muro y a la incertidumbre de que del otro lado esté el otro, porque lo han arrojado hace mucho allí entre gritos y órdenes que ya no escuchan y porque creen ingenuamente en lo definitivo de su prisión deleznable, sin advertir que el muro cederá algún día, antes o después de que sus huesos o el polvo de sus huesos cedan.
Ignoran la espera del momento en que se deshacerán y se reunirán por debajo del muro, a través de él o con él, que formará parte de su carne y de su nada después.
Ellos, el muro, los que lo construyeron o socavaron, los que lo intuyeron o ignoraron, todo, todos, se hundirán en un abismo inasequible e insondable, y con ellos, todos los besos y lágrimas, palabras o silencios, risas o estertores. Y también las horas imprecisas en que el dolor o la esperanza se acentuaban y se desvanecían.
Porque todo lo que se ha creado o construido se deshace y lleva en sí la señal de su inmunda e incomprensible fragilidad.
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